La ley de un hombre



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La ley de un hombre


Todo hombre debe llevar siempre consigo un pañuelo blanco, debe siempre estar preparado para consolar una mujer. No menos importante se debe asegurar de que sea blanco, porque es un color puro y elegante, si escogiese un color fuerte como el rojo o chillón como el amarillo entonces la señorita lo verá como un chiflado y se reirá en la cara del caballero.
Esta frase podría ser bella, si tuviera trece años y fuera lo suficientemente inocente como para imaginarme un mundo de hombres apuestos que ofrecen pañuelos blancos a doncellas desamparadas y descorazonadas.
Pero la realidad es que no tengo trece años.
Tal vez si hubiera entendido el verdadero significado de esas palabras a tiempo, no estaría sentada frente a ti llorando esperando ingenuamente a que sacaras un pañuelo blanco de tu chaqueta. No hubiera esperado que te quedaras y no me habría sorprendido cuando no volviste, porque para mi en ese momento los hombres eran perfectos, diferentes al hombre que alguna vez me dedico esas terribles palabras que hoy hacen mella en mi, para mi los hombres se quedaban a tu lado como perros guardianes, gruñendo y ladrando a todo lo que podría ser una amenaza, tenía la ingenua idea que el hombre que estuviera a mi lado estaría listo para consolarme en todo momento y que jamás se apartaría de mi lado porque para mi todos los hombre eran así, excepto uno, el único que estuvo lo suficientemente cerca como para lastimarme, el mismo que me dedico esas primeras frases de la ley de un hombre.
No fue hasta muy tarde que recordé cómo seguía ese mandamiento, pero ahora que lo sé me siento ingenua, estúpida por haber esperado tanto de ti, cuando tu estabas destinado a irte, eras solo un hombre siguiendo la ley de un hombre.
Ahora se, que la próxima vez que esté llorando y se acerque un hombre para ofrecerme su hombro para llorar y su pañuelo para secar mis lágrimas.
Correré, fuerte y rápido, sin mirar atrás, como si de un asesino se tratara, porque en ese momento recordaré la ley de un hombre, esa que me contó cuando era pequeña mi papá, que venían precedidas de sus grandes y sucias anécdotas que aun me dan asco, y lo más triste es que si tan solo pudiéramos ver esa ley, como yo la vi cuando todavía creía en ti, entonces todo sería hermoso, el amor sería hermoso, incluso tu lo serias, pero esa no es la realidad.
Ahora lo sé Aron, se que no volverás, y si lo haces yo no estaré más, o por lo menos no la versión que conociste, esa se destruyó el día que te fuiste.


Todo hombre debe llevar siempre consigo un pañuelo blanco, porque debe siempre estar preparado para consolar una mujer, se debe asegurar de que sea blanco porque es un color puro y elegante, si escogiese un color fuerte como el rojo o chillón como el amarillo entonces la señorita lo verá como un chiflado y se reirá en la cara del caballero. Y este pañuelo debe llevar su perfume para la hora en que la señorita llegue a su casa el olor del perfume de ese apuesto caballero que le prestó su hombro para llorar y su pañuelo blanco para secarse las lágrimas habrá quedado tatuado en su mente, y buscará ese pañuelo y lo olerá, se acordara de ese caballero y lo llamará con la excusa de regresarlo, lo que dará pie a una cita y si juega bien sus cartas la señorita pronto se irá a casa con el caballero, posteriormente el caballero lavara su pañuelo, le rociará perfume, lo meterá en bolsillo y se irá a buscar otra señorita que se halle descorazonada, y la señorita quedara sola y desconsolada hasta que encuentre otro hombre que le ofrezca otro pañuelo blanco.

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